
Señor Embajador del Ecuador ante el Gobierno de los Estados Unidos de América, doctor Luis Gallegos Chiriboga;
Señor Adam Blackwell, Secretario de Relaciones Externas de la OEA
Autoridades de la Organización;
Amigos todos:
Quisiera, ante todo, que dirijamos la mirada hacia un episodio sucedido en Quito, hace ya un cierto número de años. Un pequeño artista de 12 años acaba de ganar, en un concurso pictórico, un premio que lleva el nombre del gran pintor expresionista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. La obra se titula “Éxtasis”y ha sido plasmada en homenaje a la abuela paterna recientemente fallecida de aquel jovencísimo pintor, que responde al nombre de Gabriel Gross. El cuadro en mención ha sido realizado utilizando una sábana y, en ausencia de materiales más convencionales, el artista ha usado engrudos con tierras de color. Representa el rostro de un niño llorando y, como le corresponde a su condición de ganador, pronto conoce a Guayasamín, el cual elogia su obra y le obsequia libros sobre su pintura y algunas serigrafías.
Encuentro en este episodio una multiplicada simbología y, desde luego, un fondo asaz premonitorio. Prefigura, de alguna manera, la trayectoria ulterior del singular artista que hoy tenemos aquí, entre nosotros, y quien, al pintar esta admirable interpretación de Guayasamín que, a partir de hoy, preside el vestíbulo de la Embajada del Ecuador en Washington, ha completado un secreto periplo, fecundo y fructífero, que empezara tempranamente y se ha ido expandiendo en un diálogo profuso, no solamente con la obra de Guayasamín, sino con otros grandes temas de nuestro tiempo y, sobre todo, consigo mismo.
Volvamos nuestra atención a aquel episodio, que yo juzgo clave, de su infancia: el joven artista pinta sobre una sábana y, a falta de materiales, utiliza engrudos y tierras de color. Desde entonces, Gabriel Gross no ha cesado de explorar, indagar, innovar, en un perpetuo desafío con los materiales, las técnicas y los temas. Quienes hemos tenido el privilegio de visitar el taller de su casa hemos encontrado allí, no sólo los testimonios de una obra comprometida con el ser humano, con su historia, con nuestra contemporaneidad, sino también las huellas tangibles de una experimentación apasionada, vigorosa y siempre renovada con las técnicas más inusuales, sin dejar de lado ninguna de las posibilidades que ofrecen al artista del siglo XXI, inmersos como estamos en lo que mal o bien llamamos la posmodernidad, las tecnologías más avanzadas de las artes visuales.
A lo largo de su trayectoria, Gross se revelará como un artista polifacético, que ha incursionado no sólo en el arte pictórico, sino, además, en las artes escénicas, como productor, director, dramaturgo, escenógrafo, actor, iluminador y sonidista. Ha sido, a la vez, productor de televisión, documentalista, pero sobre todo y ante todo, pintor. Como documentalista, ha realizado varios filmes promocionales, políticos, sociales y culturales en Latinoamérica y el Caribe, mas, de entre todos ellos, cabe subrayar aquellos dedicados a grandes artistas plásticos de Nuestra América: Fernando de Sziszlo, Sheila Goloborotko, Enrique Grau, Carlos Páez Vilaró, Antonio Segui, entre otros.
Tiene en su haber una vasta participación en exposiciones individuales y colectivas, en Washington, Miami, Salamanca, Barcelona, Copenhague, Maryland, México, Estambul y en otras ciudades. Curiosamente, leyendo el listado de sus exposiciones, encuentro que Quito, la ciudad que lo vio nacer, le debe la realización en su seno de una muestra que, dada la importancia de su obra, devendría por demás trascendente.
“Pinto desde que tengo memoria”, ha dicho el propio Gross, quien ha expresado también: “Pinto por una necesidad espiritual, y mi arte llena ese vacío, que todos tenemos, pero que no lo descubrimos”. En palabras como estas podemos intuir toda la profundidad que signa el proceso vital y creativo de este artista, un artista en permanente diálogo con las distintas vertientes del arte contemporáneo, pero al cual interesa sobremanera una presencia que, en su intensa trayectoria, tanto en sus etapas neofigurativas, cuanto en sus indagaciones abstraccionistas, parece gravitar siempre, determinando imperiosamente su poética: el ser humano: su sufrimiento, sus esperanzas, su aventura en la tierra, la posibilidad de su redención. En ese proceso, surgen una y otra vez, los temas más profundos de su país natal, en un contexto que no deja de interaccionar intensamente con lo que, en el fondo, constituye la idea fundamental que sustenta la totalidad de su periplo creativo: la condición humana.
La obra que hoy, gracias a la gentileza del señor Secretario General de la OEA y del personal que dirige el área cultural de la Organización, pasa hoy a ser parte de la Embajada del Ecuador en Washington, sintetiza muchas de esas preocupaciones. En primer lugar, constituye un verdadero reencuentro del artista con aquel gran pintor que conoció en su infancia, Guayasamín, el cual ha presidido en alguna medida una de las vertientes de la obra de Gross. En efecto, este mural fue pintado por el artista con motivo de una exposición que tuvo lugar en el Museo de Arte de las Américas de la OEA, en el año 2008, y constituye una interpretación personal, no sólo de la obra de aquel gran pintor, sino también de lo que su legado representó en la trayectoria creativa de Gross.
En segundo lugar, expresa su admirable condición de artista y ser humano, y, a la par, sintetiza sus búsquedas pictóricas y existenciales.
En esta oportunidad, deseo agradecer a la Organización de los Estados Americanos en la persona de su Secretario General por la donación de esta importante obra a la Embajada ecuatoriana, obra que aúna, como en un solo haz, los contextos poéticos de estos dos pintores: Guayasamín y Gross.
Y, al mismo tiempo, mi reconocimiento, que, creo, es de todos nosotros, al artista, por la obra que nos entrega, al tiempo que convoco a todos los presentes a celebrar, como corresponde, que una muestra de arte tan significativa se encuentre ahora en esta Misión Diplomática, que es la casa ecuatoriana.
Gracias a todos.